Ligereza

Federico Reyes Heroles

 

Es un hombre muy sencillo, afable, con una tranquilidad interior que impone. Se trata de una de las conciencias latinoamericanas que no puede ser desoída.     “México acaba de tener una elección limpia… los latinoamericanos lo que esperamos es que use esa alta legitimidad que tiene para que ayude a los países donde a la democracia la han asesinado”. Habla Óscar Arias, el muy respetado expresidente.

Premio Nobel de la Paz otorgado por su involucramiento en los conflictos armados de Centroamérica de los años ochenta, por su oposición a la asquerosa maniobra de los contras apoyados por Estados Unidos. Óscar Arias cree en lo que dice y lo ha practicado. Si la casa del vecino se incendia, no se debe fingir demencia, si hay gritos y violencia, uno no puede ponerse unos tapones en los oídos. Lo que ocurre en nuestro vecindario y también más allá, es parte de nuestra responsabilidad.

Las analogías simplonas hablan de uno de los dilemas más complejos de la política internacional. La muy sonora idea de autodeterminación, el principio de que cada país forja de manera independiente su destino, llevada en el extremo, sirve para soslayar la responsabilidad ética y moral que los seres humanos tenemos para nuestros congéneres. Uno de los mayores avances doctrinales del siglo XX, al amparo de las discusiones en Naciones Unidas y otras instancias, incluso de la sociedad civil, como Amnistía Internacional y hoy Human Rights Watch y muchas más, fue la defensa obligada de los derechos básicos del ser humano en cualquier latitud. Aun así, los países van y vienen en el cumplimiento de esa responsabilidad. Claro que es más cómodo —a corto plazo— voltear la mirada para otra parte, pero, a la larga, esa comodidad se revierte con un deterioro global que arrastra.

México se parapetó durante décadas en la Doctrina Estrada para ir seleccionando los casos en que decidía pronunciarse. Amparados en la flexibilidad, rompimos relaciones con Franco o con Pinochet y fuimos solidarios con esos pueblos, pero guardamos silencio sepulcral sobre la falta de democracia y la violación a los derechos humanos en Cuba, por ejemplo. Esa posición fue cambiando lentamente. Bernardo Sepúlveda, como canciller, realizó una labor notable con el Grupo Contadora, junto con los gobiernos de Colombia, Panamá y, vueltas da la historia, Venezuela, a principios de los ochenta. Ernesto Zedillo se pronunció en La Habana sobre la situación cubana, rompiendo así los cánones de nuestra diplomacia. Vicente Fox, con Jorge Castañeda en la cancillería, dio impulso a los derechos humanos sin carácter selectivo. Calderón llegó a distanciamientos fuertes. Poco a poco México desechó el garlito que permitía la incongruencia.

El proceso civilizatorio hoy obliga a sobreponer los valores universales a las visiones particulares. Está más allá de las ideologías. Sólo así se acata el mandato ético que debe guiarnos. Otro gran latinoamericano, también referente ético de nuestro continente, el gran escritor y premio Cervantes, Sergio Ramírez, requirió hace unas semanas, en una entrevista, de los gobiernos mexicanos, al entrante y al saliente, un posicionamiento sobre el horror que se está viviendo en Nicaragua. En esto, el silencio es complicidad. Sergio, a diferencia de Óscar Arias, argumentó en otras coordenadas: el humanismo obliga. La izquierda, en el fondo, es una vertiente del humanismo, un gobierno de izquierda está doblemente obligado, lo dice uno de los fundadores del Frente Sandinista que derrocó a Somoza.

La legitimidad producto del ejercicio democrático de julio pasado conlleva una defensa de la democracia. La obligación ética proviene también de la defensa de principios irrebatibles de nuestros tiempos. Vergüenzas hay muchas, está Sudán, caso muy doloroso, en el cual la comunidad internacional miró a otra parte, permitiendo que el horror se instalara. Pero la lista de casos va de Ruanda a Guantánamo, pasando por los Balcanes, Guatemala o… México, para no hablar de Oriente Medio. Sólo en la lógica de la universalidad de los derechos se puede proceder congruentemente hacia todas las latitudes en todos los temas. En los últimos días Ortega expulsó a los observadores de Naciones Unidas; Jimmy Morales, a la comisión contra la impunidad, también de esa organización. La lista de atrocidades de Maduro no tiene fin.

Hoy los muertos, heridos y desaparecidos en Latinoamérica se cuentan por cientos, por miles, por decenas de miles. Las migraciones masivas producto de los horrores son otra consecuencia. La posición de México en los próximos años será definitiva. A esta realidad no se puede contestar con una ligereza: “No vamos a estar metiendo las narices en asuntos de otros pueblos… porque no queremos que ningún gobierno extranjero intervenga en asuntos que sólo corresponden a los mexicanos”. El signo de la era es vigilar y ser vigilado.

FUENTE: EXCÉLSIOR