Rumbo a la difícil salida. Peña no va a pagar los platos rotos, sino la vajilla completa

Jorge Miguel Ramírez Pérez

Geopolítica

 

Enrique Peña fue contratado por el poder para construir las reformas. Solo eso. Pero tenía que hacerlo bien, no para que se anularan y ahora estén en riesgo de que se reviertan.

Ese es el mayor problema andar y desandar el camino en un solo sexenio prácticamente, con la agravante de haber desgastado el sistema democrático de por sí endeble, deteriorando a los partidos y al congreso que se vieron sometidos a una política de moches, sin haber estructurado ni una simulada difusión aterrizada de los cambios.

Peña descuidó a los gobernadores que se convirtieron en jefes del crimen público organizado en sus territorios, desechando a los políticos y funcionarios profesionales por puros cómplices improvisados dispuestos a todo. Es decir no hubo gobierno. ¡Claro que el crimen organizado se reprodujo! Ni modo que los malos burócratas fueran los únicos monopolizadores del mal.

Incluso los líderes sindicales abusaron más que nunca.

Un solo sexenio bastó para que se escalaran deudas quita sueño, de las que dijo el todavía presidente en una entrevista, “son muy razonables y manejables”.

México sometido a las enormes limitaciones de mexiquenses y pachuquitas, se quedó sin otra alternativa que la de suicidarse de la democracia, que les había regresado a los del PRI, que no tenían inserción en la historia de la modernidad verdaderamente democrática.

Si tuvo malos colaboradores, los pudo echar y no cubrirlos.

Porque al escuchar al presidente Peña en la entrevista de López Dóriga tan puntual y accesible, se tiene la impresión de que el pueblo ha sido injusto con un hombre que no merece el desprecio que las encuestas le endosan. El tono relajado y las explicaciones sencillas, hacen absurdo que diga como conclusión de su mala imagen, que no se pudo comunicar y menos el gasto exorbitante en publicidad que no se justificaría.

Pero no es así. Su régimen fue un régimen caracterizado hasta el último momento por hacer añicos el sentido de la legalidad y por entronizar a la impunidad como elemento insustituible de cohesión política. A cada mexicano le quedó en claro que jueces, funcionarios, congresistas, gobernadores, líderes partidarios y sindicales son unos farsantes y delincuentes simuladores en toda la extensión de las palabras.

¡Fue maravillosamente didáctico, Peña demostró que el sistema es un cochinero y que él es el jefe!

Y no se necesita hacer un esfuerzo exhaustivo de memoria, en estos días tres asuntos demuestran lo que la gente observa: el proyecto del nuevo aeropuerto, en el lugar menos indicado como lo ha explicado con sencillez José Luis Luege, para el que no hay dinero para su mantenimiento. Un callejón sin salida que lleva la tercera parte de lo gastado, pero aparte para cancelarlo hay castigos a cuenta de los contribuyentes.

Los otros asuntos son notables: la componenda para que saliera Elba Esther Gordillo con cargo al mayor desgaste de Peña y la maniobra para que Alejandro Gutiérrez el funcionario del PRI pillado con las manos en la masa, que fiel a la omertá la ley del silencio de la cosa nostra, pronto saldrá para burlarse de lo que dicen son las leyes.

Y es que nadie se escapa de la corrupción, todos controlados para hacer lo indebido, porque no es menor tampoco el cochinero del fideicomiso de Morena, que también mostró que la corrupción tiene jefes y que va a seguir.

¿Porqué llegó Peña?

Hay que recordar que fue en la Octava Cumbre de Negocios en Toluca en la víspera de su nominación como candidato del PRI para la presidencia, siendo todavía gobernador del Estado de México, cuando el actual presidente fue aprobado para llegar a donde llegó.

Su padrino fue William Clinton. Las condiciones fueron tres temas: educación, recursos energéticos y seguridad.

Internacionalmente a Peña le dieron todas las facilidades: se le reabrió la interlocución interrumpida para el PRI desde el 2000; a cambio, el PAN perdió el contacto hasta hoy. Incluso cuando Anaya fue amagado hace unas semanas, tuvo que ir con Angela Merkel a pedir auxilio, recurrió a la única puerta disponible, la europea.

En lo nacional Felipe Calderón bloqueó la posibilidad de competividad del PAN. Destruyó a los precandidatos y la muestra final fue la orden de aplazar el acto de Josefina Vázquez en el estadio Azteca, hasta que Gil Zuarth le informó, que la gente ya había abandonado el estadio y los videos y fotografías podían mostrar un acto fracasado.

Mediáticamente se le fabricó una imagen de telenovela al futuro efímero reformador.

Muchas otras operaciones se desprendieron de esas matrices.

Peña cumplió en las reformas . En el 2013 ya tenía lo principal, pero la forma que ponderó los moches, destruyó la credibilidad del congreso y de los partidos. El daño estructural estaba hecho.

El entorno se modificó. Todos los frentes se deterioraron: se desprestigiaron los partidos, los gobernadores y la impunidad asegurada como bien mayor fue el eje conductor de esa amnistía sin culpables.

Y se le revirtieron los daños a Peña que no tuvo línea de defensa. Sus pecados salieron a la luz y Videgaray, ante la catástrofe anticipada siguió la recomendación de Michael Korda, de que no hay un mejor padrino que uno nuevo; y él y Peña, buscaron a Trump. Eso supuso de inmediato un golpe de timón. A la vez fue el inicio de la reversa de las reformas -las que ahora se ven endeblemente construidas- edificadas en la cimentación arenisca de los moches grandes.

Con López Obrador empieza el regreso de la historia.

Los mayores cambios cualitativos de los últimos 25 años, las reformas de Peña, todo indica que desaparecerán o quedarán mutiladas. Ahora sin partidos, sin proyectos porque se van a a caer en el mediano plazo. Con contratos incumplidos de los que hay que pagar los cuantiosos castigos; con tasas de interés al alza; sin TLCAN, con un acuerdo binacional del que se sabe solo poco; el veredicto es claro: la democracia si sobrevive, tendrá que cobrarle a Peña todo el tiempo perdido.