El desaire nacional a Enrique Peña

Raúl Rodríguez Rodríguez

Jorge Luis Borges recitaba en su poema Instantes, una larga retahila de deseos para el caso de que pudiera volver el tiempo atrás: “Si pudiera vivir nuevamente mi vida -decía- me relajaría más, contemplaría más amaneceres, jugaría con más niños, tendría más problemas reales y menos imaginarios, comería más helados y andaría más tiempo descalzo…”

Imagino que algo similar deben experimentar nuestros presidentes en el ocaso de su mandato:‘Si yo pudiera volver al inicio de mi sexenio, haría esto o aquéllo de modo diferente’. Será que cuando se está tan próximo a descender del Olimpo y regresar a la condición humana, la conciencia genera comezón. Desearían haber hecho mejor las cosas o haber afectado menos intereses.

El miedo al séptimo año del sexenio ha de estar cañón, es decir, el año posterior a cuando entregan el poder y comienzan a pagar como expresidentes las facturas a sus enemigos.

Díaz Ordaz, por ejemplo, desde que asumió el cargo de Presidente, revisaba diario cuántos días quedaban para que concluyera su sexenio. Fue de los pocos mandatarios que en lugar de gozar el ejercicio del poder, lo sufrió. Hay quienes dicen que se debía a profundos conflictos psicológicos producto de su fealdad física.

En su caso, López Portillo dijo que quizá no había sido el mejor presidente pero que sería el mejor de los expresidentes, prometiendo cerrar la boca y dejar de inmiscuirse en política, en cuanto entregara el cargo.

Hay quienes transitan la expresidencia sin sobresaltos, como Miguel de la Madrid que vivió cual abuelito de los tecnócratas, publicando libros en el Fondo de Cultura Económica, o Ernesto Zedillo, que nos mandó por un tubo a los mexicanos y se fue a vivir a Norteamérica sin volver su vista atrás. O bien Fox y Calderón, que se la han pasado opinando e interviniendo en cuanto asunto les viene en gana.

Hay otros que tienen turbulentas expresidencias. Los más dramáticos: Salinas -que tuvo que exiliarse tras su traumática ruptura con su sucesor– y Echeverría, quien fue humillado al ser designado embajador en las lejanísimas Islas Fidji, al otro lado del mundo, como claro mensaje de que no se toleraría su intromisión en política.

Hoy a Peña le restan seis quincenas como Presidente y ha iniciado la gira del adiós. No sé quién lo aconsejó o si se fue por la libre pero me parece una pésima idea desarrollar esa mezcla de mea culpa con autojustificaciones inverosímiles, como esa de insistir en defender su invitación a Trump hace dos años.

Las despedidas nunca son fáciles y menos las de índole político, mucho peor si el país entero te ha mostrado su repudio visceral, emocional y electoral, con una aplastante desaprobación en las encuestas de más de 80 por ciento. Pero fiel a su naturaleza autodestructiva, Enrique Peña ahonda las complicaciones de su amargo adiós, con un mensaje equívoco, donde quiere quedar bien con tirios y troyanos pero acaba quedando mal con todos. La consecuencia: una reacción masiva que va del desaire al desprecio generalizados.

Y como broche de oro su hijastra ¡invitando a un tatuador de Hollywood a Los Pinos! Noticia difundida luego de que también nos enteramos que la repudiada primera dama vacacionó en París estos días. No se si sea insensibilidad atroz o incapacidad de poner orden en casa, pero sería deseable que se eviten estos dislates en el ocaso del mandato. Digo, ya nomás les quedan ochenta y pico de días, por Dios.

El juicio popular ya se ha expresado y difícilmente el juicio de la Historia logren modificarlo con una pauta publicitaria de treinta días. Mejor recurrir a la sabiduría popular: ‘mátalas callando’ o ‘calladito te ves más bonito’.