LA SEXTA TRANSFORMACIÓN DE ANDRES MANUEL (I)

Jafet R. Cortés

Nescimus quid loquitur

La vida de un personaje se describe por aquellos eventos que les hicieron ser lo que son, y por la escritura afable o crítica de quien, ya sea en papel o en piedra haya acuñado las historias que le describen. Este artículo se basa en una opinión personal sobre un personaje que se fue construyendo y deconstruyendo con el objetivo que ha trazado la vida de la humanidad, la búsqueda-lucha por la obtención de poder.

Si hablamos de momentos como método de segmentación del relato, tenemos que empezar por el siglo pasado, ahí por los ochentas. En un primer momento se vislumbró a Andrés Manuel López Obrador notablemente como un ferviente luchador social, que había estado en contra del régimen priista después de una serie de conflictos con las dirigencias de dicho partido, por el cual transitó desde la militancia hasta la presidencia del partido en su estado natal, Tabasco; se podía observar en esos tiempos a un Andrés Manuel que, salido de las filas más radicales del PRI, buscó integrarse a un partido no sólo más compatible con él en ideología, sino que le diera los espacios que no le pudo dar el tricolor, aún siendo presidente estatal de dicho partido en Tabasco.

Su transformación en ese último pedazo de siglo, lo llevó a concretarse como el presidente nacional del PRD, partido que se formó desde la lucha opositora de izquierda y se integró a la luz pública con la bandera de fraude electoral de los comicios del 88. López Obrador, encabezó la militancia del sol naciente cuando este postuló por tercera vez al Ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, a principios de este siglo, el mismo candidato que perdió ante un avasallador candidato popular y un movimiento efervescentes que catapultó como primera fuerza en México al Partido Acción Nacional.

Todos recordaremos, y si no lo hacemos la hemeroteca de internet nos podrá transportar por un pasaje histórico a aquel debate entre un Diego Fernández de Cevallos que proponía un debate de ideas, con argumentos basados en documentos oficiales y un López Obrador que bajo la calumnia, el discurso polarizador, y el ataque infundado, empezaba a estructurar lo que sería su mantra de campaña durante las siguientes casi dos décadas, la llamada Mafia del Poder descrita por sí mismo como un grupo compacto de oligarcas que controlan la dirección del país y amasan fortunas a costa del pueblo de México.

La segunda transformación fue ejecutada instantes después de ser electo como Jefe de Gobierno del anteriormente llamado Distrito Federal, hoy Ciudad de México; ese fue el momento más lúcido y brillante de la carrera del tabasqueño. Gracias a su política social, y al gran control de medios que tuvo, fue poco a poco proyectándose como el candidato idóneo a la presidencia de México; el PAN a cargo del Ejecutivo Federal en una administración que poco lució, afectada por el rompimiento de las promesas de justicia y bienestar que tanto había realizado Vicente Fox Quesada al declararle la guerra abiertamente a las “Víboras prietas”, las “tepocatas” y las “alimañas” que siguieron ocupando cargos públicos mientras las administraciones de los Estados seguían siendo y actuando como virreyes, o peor aún, estas últimas fueron tomando más fuerza.

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El discurso de cambio y el bono de alternancia, así como el ejercicio del poder público debilitaron al Partido Acción Nacional hasta la llegada del 2006, donde las elecciones se volcaron a poner como favorito a López Obrador como presidente de México.

Las declaraciones del presidente Fox en su contra y el proceso de desafuero, polarizaron a la sociedad entre los que le apoyaron por su papel de víctima en el escenario de bronce que se gestaba a nivel nacional, y los que le rechazaron por el miedo que gestó en el imaginario colectivo de los votantes, la idea de que representaba un “peligro para México”. Al final el margen fue mínimo y la tercera transformación de López Obrador empezaba a germinar.

El político tabasqueño aludió que todo era un complot en su contra y que, una vez más, le habían hecho fraude, señalando como culpable a la mafia en el poder. Convocó a sus seguidores a una megamarcha en el Distrito Federal que terminó en plantón. Se volvió ante la sociedad aún más polarizada en un personaje encaprichado por el poder o un mártir del sistema, en un político que no sabía reconocer triunfos ajenos o un líder social que veía por el interés del pueblo; esta trasformación de López Obrador tomó forma el día que realizó su acto de toma de posesión como presidente legítimo de México, y continúo, arropado por la publicidad oficial de los partidos políticos de izquierda que le acogieron para perpetrar una extensión de su campaña a la presidencia, ahora hasta 2012.

El sexenio de Felipe Calderón Hinojosa estuvo marcado por un incremento estrepitoso del índice delictivo, en algo que la prensa cimentó con el nombre de “Guerra contra el narco”, donde la responsabilidad de la violencia fue señalada responsabilidad del titular del ejecutivo federal.

A la par, en esos años, la oposición férrea que realizó López Obrador y el PRI desde los Gobiernos Estatales contra el gobierno federal panista, hizo que muchas de las reformas que se planteaba se detuvieran en la congeladora del Congreso de la Unión, y que al llegar el 2012, la marca del sexenio, la imagen colectiva de guerra y terror, cimbrara a los votantes en una decisión de cambio de estrategia.

Andrés Manuel ya había vivido su cuarta transformación, ahora el discurso era contra la idea de que representaba un peligro para el país, el estandarte que llevaba en esa contienda de 2012 fue de paz y amor. La política de la república amorosa no tuvo una conexión tan grande con la población, aunque por el desplome de la candidata panista Josefina Vázquez Mota, se encontró en la coyuntura correcta para ser la única oposición del candidato puntero, Enrique Peña Nieto. Esa elección fue de cambio, y la gente en las urnas decidió extrañamente por retornar al PRI, que poco tiempo después mostró qué tan corrupto podía volver a ser.