¿Se acabaron los partidos políticos en México?

Jorge Miguel Ramírez Pérez

Geopolítica

Las necesidades de diferenciación que se mostraron en el acto de transición fueron destellos fugaces.
No hay plazo que no se cumpla y a los partidos políticos en México, a partir de esta elección, ya les llegó su hora. La mayor parte de estos organismos están próximos a la muerte política como el PRI, el PRD o el PVEM; unos están muertos como el PANAL y el PES; o ya no tienen oferta política, como el PAN, que se dejó confundir con el PRI como juzgan muchos electores y algunos dirigentes; y el Morena, cuya única plataforma era que López Obrador llegara al poder; y como lo lograron, ya no tienen nada qué hacer sino apostar a repetir lo alcanzado con otro, que no se ve, o iniciar una dictadura.
De tal suerte que, como dijera el analista José Antonio Crespo en un programa de radio el lunes, pensando en una hipotética oposición: “no hay quien pudiera enfrentar a Obrador”. El 47% de los electores que son los que votaron en su contra, no tienen quién los represente, están en la orfandad política.
La causa central de la crisis de los partidos no fue el arribo anunciado a la presidencia de Obrador mediante un activismo de 18 años. Su principal escollo ha sido estructural: los partidos no pudieron rehacerse a partir del surgimiento del nuevo paradigma democrático del 2000. Un enfoque que no supieron diagnosticar ni los partidos, ni el grupo que llegó con Fox.
Se confundieron -igual que Calderón lo hizo después- porque creyeron que gobernar era “hacer mejor las cosas que el PRI”, pero en esencia fueron lo mismo; sólo con gente que se supone no estaba maleada y que resultaron no tener idea de la política y de las herramientas del gobierno para impulsar un cambio integral hacia el sistema democrático, que exigía el compromiso previo de desmantelar el viejo autoritarismo.
Esa equivocación histórica consolidó el poder de los gobernadores y los sindicatos del viejo PRI. Dejó, también, intacta la impronta de los partidos de un solo hombre o una sola mujer: el PANAL, de Elba Esther Gordillo; el PVEM, de Jorge Emilio González, alias el “Niño Verde”; el PT, del compadre de Raúl Salinas, Alberto Anaya; y el de Convergencia, hoy Movimiento Ciudadano, de Dante Delgado. Siguiendo la tradición hasta con Calderón y Peña, cuando surgieron el PES, de Hugo Flores, y el concentrado de tendencias, con un solo caudillo, líder, filósofo, ideólogo, operador y jefe indiscutible secula seculorum, Andrés López Obrador.
Los otros partidos no tan personalistas: el PRD que minó López Obrador y con él a Cuauhtémoc Cárdenas, su figura histórica; y el PAN, que estaba en la mejor posición de hacer que sus principios ideológicos llegaran a ser proyectos operativos de gobierno, renegó del conservadurismo que apela al orden y a la generosidad -en esas prioridades- y por el compromiso abierto y sustentado con el libre mercado; trocándolo por el mecanismo de cederle al PRI, hasta la presunción de la construcción de la economía globalizadora, que en sus manos adquirió toda la parafernalia de la corrupción flagrante, como se vio en el sexenio que, para fortuna de todos, pronto está por terminar.
Así fue que el PAN perdió su oferta política y económica, porque el PRI poco a poco se la arrebató. Porque el PAN no se asumió para encabezar una alianza de las fuerzas de centro derecha que es la que sigue sin jefes. No se construyó la plataforma que enarbolara los intereses de las clases medias, ni la defensa para contener al autoritarismo y a la burocracia voraz.
Y el PRI se aprovechó del portón de oportunidad que el panismo con Clouthier, con un enfoque hacia el libre mercado, pugnaba; y, desde Salinas, adoptó las reformas estructurales como propias, a pesar que la tesis que las sustanciaba se suponía se derivaba del PAN y que era contraria al PRI tradicional, que insistía ideológicamente en atrincherarse en un capitalismo de estado, improductivo y pobre.
De hecho ese capitalismo de Estado en México, que estudiaron en los años setentas Alperovich y Rudenko, es la raíz del PRI, que a diferencia del PNR-PRM, que estaban en la mitad del proceso, era la fase por medio de un estado que no irrumpía en la lucha de clases, pero controlaba la economía igual como pretende hacerlo Obrador, regresando al desarrollo estabilizador.
Claro que esa forma arcaica del sistema económico estatista es centralista de facto y plenamente autoritaria, lo que inhibe al Morena de una apropiación directa de esa oferta caduca, de la cual la austeridad se podría decir es su mejor carta, y eso, siempre y cuando se mantenga la tendencia a lo largo del régimen, que como todos los regímenes de puritanismo político de medio salario, acaban en una doble moral generalizada.
De tal suerte que el problema mayor es que no puede haber una democracia sin partidos de convicción demócrata, no de carácter unipersonal; de partidos con fuerza opositora y con ofertas realistas, no con utopías sin dinero o ancladas a una revolución que tiene 68 años de haber concluido.
Porque para que exista desarrollo político se necesita ver en blanco y negro, es decir, a los líderes con ideas distintas en asuntos concretos, como se vio –al menos- en la diferenciación de posturas hace dos días, entre Peña que sale y Obrador que entra. Ése debe ser el tono en la democracia de manera permanente, no se trata de sólo hacer un ejercicio aislado, insólito como dijeron; aunque lo insólito fueron las seis preguntas claras y concisas que hicieron los periodistas que intervinieron.
Por primera vez aunque fuera un “ratito” se vio la distinción de ideas y de proyectos.
Muchos -si analizan un poco los detalles- concluirán, entendiendo en qué va parar todo.
Pero el cambio político no son destellos fugaces, sino procesos continuos; y, en ese tema, es claro que Elba Esther Gordillo tiene la promesa para seguir las pautas tradicionales, las que no mejoran de los partidos sin diferenciación -porque no tienen proyectos- sus ideas son confusas y muy parecidas, sólo distinguibles en la persistencia de retener el poder por el poder mismo; o por la simple característica de que son partidos de un solo hombre o de una sola mujer, como es el caso.
Urge una oposición real cualitativamente distinta, sin los arreglos sucios que se vieron en el caso de la señora Gordillo, que por intervención cupular salió. Una oposición que tenga ideales y no se limite a las cuotas plurinominales como fin de su acción cada vez más reducida.
En fin, una verdadera oposición para recrear un sistema de partidos diferentes, porque lo que hay, es de parapeto, ya cumplió con su propósito y no hay nada qué hacer con cuerpos que prefieren la fase terminal que refundarse.