¿Cuestión de ego?

Federico Reyes Heroles

 

Rancia, vieja, poco seria, muy manoseada, inútil, repetitiva, irresponsable. Así se ve la discusión. Los asuntos públicos siempre son complejos, pero normalmente, cuando aparecen criterios científicos o técnicos, lo opinable se acota, los márgenes se estrechan. ¿Por qué echar abajo el Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM)?

México lleva atascado con ese tema desde hace dos décadas. Eso, en sí mismo, ya es muy preocupante. ¿Procrastinación? Pareciera que somos incapaces de procesar ciertos asuntos: el nacionalismo alrededor del sector energético, la propiedad social en el agro, el maíz como producto agrícola, el informe presidencial y… el NAIM, entre otros. Hay algo de absurdo en la reedición del debate, algo contrario al sentido común. El aeropuerto capitalino da servicio a alrededor de 45 millones de usuarios anuales, sus insuficiencias son muy conocidas. Desde la incapacidad de los estacionamientos y los sanitarios hasta la pesadilla anual del mantenimiento de las pistas, pasando por los frecuentes encharcamientos y los demoledores y costosos retrasos en las horas pico. Y qué decir del conocido estrés de los controladores aéreos, que operan al límite por la añeja saturación.

A diferencia de otras discusiones públicas, en el caso del actual aeropuerto hay millones de testigos que hoy lo padecen. Entonces, cómo es posible que la nueva administración rechace el proyecto en curso avalado por grandes expertos, entre ellos MITRE, quizá la máxima instancia internacional en la materia, y se ofusque con un proyecto insostenible. No se entiende la motivación; López Obrador debería estar agradecido de que ese problema en concreto está en vías de solución, debería mirar con muy buenos ojos que esa obra es autofinanciable y que, por lo tanto, no le quitará dineros para otras actividades, debería estar satisfecho de que el proyecto recayó en uno de arquitectos internacionales con mayor experiencia, debería estar muy pendiente de que la obra se termine lo antes posible, lo cual abonaría a su favor, debería tener interés en ver crecer el turismo a la CDMX y al país, que tendría con esa obra una nueva y digna puerta de entrada.

Pero, en lugar de eso, ahora se revive una discusión bizarra, puesto que usar las instalaciones de Santa Lucía —como lo dicen los expertos— simplemente no es una alternativa viable. Las inconsistencias se acumulan: primero se dijo que eran demasiados dineros públicos, falso, el esquema de financiamiento es atractivo. Después se argumentó que la construcción era una mina de oro para los pillos. No se ha podido demostrar nada. Después, que Santa Lucía y el actual aeropuerto podrían operar simultáneamente. Imposible. Después se invocó a unos especialistas chilenos que nadie conoce. Vino la extraña visita a Santa Lucía de futuros servidores públicos de AMLO quienes, basados en sus sabias observaciones y en informes “verbales”, refutan lo dicho por los expertos con años de estudio detrás.

El asunto linda ya el ridículo, la propuesta de una “consulta” para “hacer a un lado la concepción elitista” sería para el anecdotario si de la decisión no dependiera la seguridad de millones. Ahora resulta que los criterios técnicos son elitistas, pues claro que lo son, pocos, muy pocos seres humanos en el mundo son especialistas en construcción de aeropuertos. Una cirugía de corazón también es elitista, toda especialización técnica lo es. Y en la ruta propuesta, al final del día serán los ciudadanos, desconocedores del tema, con todo y los 272 documentos entregados para llegar a una “decisión informada”, los que decidirán. El galimatías puede ser el primer gran descalabro de la gestión, pues, por el magnetismo de AMLO en su luna de miel, la consulta podría rechazar el aeropuerto, con lo cual México haría el ridículo frente al mundo y AMLO quedaría desnudo como un populista.

Por qué meterse en esta trampa e insistir en el absurdo de enterrar 100 mil mdp en plena austeridad republicana y provocar un daño patrimonial a infinidad de empresas que seguramente emprenderían acciones jurídicas en contra de la administración. Por qué revivir un debate que nos puede regresar al pantano de la inacción, provocando el enojo cotidiano de millones. La moción es irracional y muy irresponsable. Imaginemos, por no dejar, un accidente con cientos de muertos producto de la archiconocida saturación. Quién sería el responsable simbólico: AMLO. Por qué no mejor discutir pensiones o la universalización de la salud pública, en que se juega el bienestar del país.

O quizá hay otra explicación a la irracionalidad, algo subjetivo. AMLO quiere enterrar a Peña Nieto, por eso revertir la Reforma Educativa, por eso cuestionar la Energética, por eso… echar abajo el NAIM. Ni Fox ni Calderón pudieron, Peña lo sacó adelante. Demasiado para un ego grande. En la cuarta transformación de México no cabe ese nuevo aeropuerto.

FUENTE: EXCÉLSIOR