Eucaristía política

Roger Bartra

Las elecciones del 1o. de julio han mostrado que el desencanto profundo, el gran enojo y la nostalgia por el nacionalismo se extendieron a la mayoría del electorado y gracias a ello López Obrador logró un triunfo aplastante. Pero hay algo más que explica la victoria del populismo y que es importante entender. El flujo de votos hacia Morena se alimentó además de un gran caudal de votos tradicionalmente priistas que, de manera tanto espontánea como inducida, aumentaron mucho la masa de votos que recibió Obrador. Cuando el PRI y el gobierno de Peña Nieto se dieron cuenta de que su estrategia electoral había fracasado, aflojaron los canales de control y, resignados, indujeron veladamente el voto por la alternativa que ofrecía una regeneración del priismo por nuevos caminos. Se resignaron a aceptar al hijo pródigo que regresaba al seno priista y auspiciaron que sindicatos, poderes fácticos, gobernadores y grupos de funcionarios encaminasen una especie singular de voto útil hacia Morena.

Basta observar los resultados electorales en el Estado de México y en Veracruz para comprender que muchos priistas acabaron aceptando la transubstanciación del viejo partido nacionalista revolucionario en el movimiento de regeneración invocado por Obrador. El cuerpo y la sangre del antiguo partido autoritario y corrupto se convierten en el pan y el vino de Morena. Las elecciones fueron sin duda un proceso democrático, pero fueron también una gran eucaristía política convocada por el populismo triunfante. Acaso esta transubstanciación sea la cuarta transformación anunciada por Obrador, la que ha llevado al nacionalismo revolucionario a encarnar sucesivamente en el PNR, el PRM, el PRI y ahora en Morena.

Detrás de la avalancha de medidas espectaculares pero superficiales, destinadas a provocar el aplauso fácil, se descubre el intento por restaurar el antiguo régimen autoritario presidencialista. El nombramiento de 32 comisarios políticos en los estados, delegados federales que representarán directamente al poder central, está concebido como un proceso de consolidación de Morena como un partido oficial controlado por el gobierno. Esta es la forma en la que operó el PRI durante decenios, como apéndice electoral del gobierno. Esta centralización trata de ser maquillada con la dispersión de muchas Secretarías de gobierno en ciudades de provincia, lo que en realidad significará una mayor presencia del Poder Ejecutivo en los estados (y un cierto desorden). A esto debe agregarse el hecho de que el INE ha hecho evidente que Morena es un partido que impulsó la corrupción por medio de un fideicomiso para lavar dinero con la apariencia de apoyar a los damnificados por el sismo del 19 de septiembre de 2017. Por ello Morena deberá pagar una enorme multa de 197 millones de pesos. Apenas tres semanas después de las elecciones, tenemos ante nuestros ojos todas las señales de un decidido intento de restauración del viejo y corrupto sistema autoritario. La grosera agresión de Obrador al INE y a los diarios que informaron del hecho no augura nada bueno.

No estamos ante la inminente instauración de un gobierno de izquierda, razón por la cual los empresarios están relativamente tranquilos. A ellos el autoritarismo no les preocupa mucho. Los drásticos y severos recortes en el gasto público que se han anunciado revelan, por el contrario, una inclinación francamente conservadora que se aúna a un rechazo a aumentar los impuestos. La composición del gabinete de Obrador muestra un perfil derechista, con pocas excepciones. La política económica que se ha perfilado parece un neoliberalismo con dosis de nacionalismo populista.

Una restauración plena es imposible después de la transición democrática y ante el nuevo contexto capitalista mundial. Pero existe el peligro de que el intento conservador de volver al pasado genere una gran confusión política y un desorden social. El camino de una regeneración del autoritarismo podría ser muy accidentado, especialmente si los grandes problemas que movieron a muchos electores a inclinarse por Morena -la corrupción y la violencia homicida- no llegan a enfrentarse de inmediato con inteligencia. El priismo reciclado podría ser una fórmula letal. La transubstanciación podría invertirse, en una eucaristía negativa y picaresca, de modo que el pan se convierta en carne corrupta y el vino en sangre derramada.

FUENTE: REFORMA