Extractos del libro de Luis Carlos Ugalde -Así lo viví- 2 de julio de 2006, la tormenta perfecta

A doce años de distancia, Luis Carlos Ugalde —entonces consejero presidente del Instituto Federal Electoral— recuerda los acontecimientos del 2 de julio de 2006, tal como él los vivió. Fue una noche intensa que derivó —días y semanas después— en un agudo conflicto poselectoral. Aquí extractos de su libro Así lo viví (Grijalbo, 2008).

 Mientras me ajustaba la corbata en mi privado, pensaba cuán dichoso era de tener la oportunidad de vivir en carne propia la conducción de una elección presidencial. No sabía entonces que la dicha también se acompañaría de conflicto. A las 8 de la mañana entré en la sala de sesiones del Consejo General del IFE. Lucía imponente. Alrededor de su mesa de madera en forma de herradura estaban ya los consejeros electorales, los consejeros legislativos y los representantes de los partidos políticos. Se respiraba un aire de emoción y tranquilidad. Todo el mundo atendía con cortesía el inicio de la sesión. Tomé la palabra para declarar el inicio formal de la jornada electoral.

Hablaron luego los representantes de los partidos políticos. Pedro Vázquez González, consejero legislativo por el Partido del Trabajo (PT), que apoyaba a López Obrador, dijo: “Hoy debemos de tener una jornada electoral limpia, pacífica y transparente.” Horacio Duarte, representante de la Coalición por el Bien de Todos (CPBT), que también postulaba a López Obrador, pidió la palabra. Era la intervención más esperada. Su partido, el de la Revolución Democrática (PRD), había cuestionado el proceso electoral y sembrado dudas sobre la imparcialidad de los consejeros electorales. Pero esa mañana Duarte parecía satisfecho y en su voz había confianza. Dijo: “En la Coalición Por el Bien de Todos, sabemos que es la hora de la izquierda. […] A partir del primero de diciembre, habremos de transformar nuestro discurso, nuestra combatividad en acciones y en políticas públicas para beneficio de la gente.” Pidió prudencia: “Llamamos al gobierno federal en turno para que entre el 3 de julio y el 30 de noviembre vivamos una transición de gobierno tersa; una transición de gobierno que le permita a nuestro país mantener calma.” Reconoció el trabajo del IFE: “Estamos convencidos que los diversos instrumentos electorales que se han dotado por parte del Instituto Federal Electoral tienen un rango de aceptabilidad que nos permite concluir el día de hoy la jornada electoral con buenos resultados”. Sus palabras finales reflejaban seguridad de quien se siente ganador: “Estamos convencidos que el día de hoy a las 8 de la noche, cuando cierre la última casilla de nuestro país, los ciudadanos habrán de estar levantando la V, la V de la victoria, la victoria de los ciudadanos. Es la hora de México, es la hora de los ciudadanos y a eso nos atenemos en la Coalición Por el Bien de Todos.”

Después de Duarte intervino Germán Martínez, representante del Partido Acción Nacional (PAN). Martínez había sido combativo en las semanas anteriores, incluso ofensivo con los consejeros electorales. Antes del 2 de julio la relación del IFE con la campaña de Felipe Calderón había sido complicada y tensa, en parte por las resoluciones del IFE para retirar los spots negativos del PAN. El equipo de Calderón pensaba que el IFE era demasiado condescendiente con la Coalición Por el Bien de Todos y que sus presiones y gritos nos amedrentaban. Esa mañana, sin embargo, el representante del PAN fue respetuoso. “El PAN dice categóricamente que el Instituto Federal Electoral y el Tribunal Electoral dan certeza, ofrecen legalidad, organizaron en independencia e imparcialidad y objetividad estos comicios, y que los resultados electorales serán expresión genuina de la voluntad y soberanía populares.”

Felipe Solís, representante del PRI, fue el único que tuvo un tono crítico en su intervención, pero muy alejado de la descalificación que algunos consejeros habíamos temido el día anterior. “El proceso comicial que hoy llega a su punto culminante estuvo significado por la perniciosa presencia del gobierno federal, que no supo ni quiso mantener la distancia de neutralidad a la que estaba obligado. El presidente de la República declinó jugar el papel de jefe de Estado y prefirió asumir responsabilidades prácticamente de campaña del candidato de su partido. […] Una actuación discreta de la autoridad electoral sobre el tema quedan para la historia y el análisis.”

La sesión terminó alrededor de las 9:30 de la mañana en un ambiente de tranquilidad e incluso de cortesía. Salí de la oficina para ir a votar en la casilla 4947, ubicada en Carlos Dickens 36, en Polanco. Voté por candidatos de diferentes partidos o coaliciones, según fuera el cargo en contienda. Al salir de la casilla los medios me preguntaron mi opinión de la jornada que apenas iniciaba. Transmití lo que en ese momento se observaba en el país: la jornada se desarrollaba con normalidad. Regresé a la oficina. El secretario ejecutivo me informó que las cosas seguían muy bien. Ningún foco rojo.

A la 1:30 de la tarde se reanudó la sesión del Consejo General. Era la oportunidad para que los partidos reportaran incidentes graves o acciones que pusieran en riesgo la limpieza de la elección. Al igual que la sesión de apertura de esa mañana, el ambiente era de cordialidad; salvo algunos incidentes menores, nadie tenía quejas significativas.

Esa segunda sesión del Consejo General fue breve. Al concluir, cerca de las 2 de la tarde, empecé a recibir información de diversas encuestas de salida a través del consejero Andrés Albo. Los datos indicaban ya una elección muy competida. A las 3 de la tarde, la tendencia se mantenía igual. No se distinguía un candidato claro a la cabeza. A esa hora, mientras caminaba por la explanada del IFE para visitar la sala de prensa, me encontré a Leo Zuckermann, analista y académico, quien estaba dando cobertura noticiosa desde el IFE. Leo me dijo: “Luis Carlos, la elección está muy cerrada. No creo que se abra. Vete preparando para el empate”. Leo había platicado en las últimas horas con varios encuestadores y todos ellos le habían dicho lo mismo: la elección viene muy cerrada y no se abrirá. Yo seguía tranquilo porque recibía informes que confirmaban que la organización de la elección, el flujo de votantes y el comportamiento de los ciudadanos marchaban mejor de lo esperado.

Había escuchado por meses la pesadilla política que podía ser una elección muy cerrada. En ese momento, las 3 de la tarde, la información que recibía, sin embargo, corroboraba, segundo tras segundo, que el IFE había llevado a cabo una muy buena labor para organizar la elección. No obstante, empecé a darme cuenta de que se acercaba la tormenta, reitero, no por un asunto de calidad de la elección, sino por un principio muy elemental: las elecciones cerradas en política generan controversia y a veces conflicto. Y esta no sería la excepción.

Regresé a mi oficina. A las 5 de la tarde las tendencias seguían igual. Empezaron entonces a sonar las alarmas de preocupación y a crecer la exigencia de que el IFE diera un ganador. El argumento que escuchaba era el mismo: “Tienes que dar un ganador. El país no aguanta la incertidumbre”. Repetía a todos lo mismo: “Si hay ganador de acuerdo con el Comité Técnico del Conteo Rápido, lo anunciaré. Si no se puede dar ganador, lo informaré”. Pero la insistencia era generalizada: “El país no aguanta ir a dormir sin ganador”. Durante varias semanas esa había sido una discusión frecuente entre opinadores y analistas políticos, y por esa razón el IFE había diseñado el conteo rápido más ambicioso y preciso que hasta ese momento se había realizado en México, que permitiría detectar al ganador aun en un esquema de una votación muy cerrada, con una precisión de hasta 0.6 puntos de diferencia entre el ganador y el segundo lugar.

A las 5:30 me reuní con los cinco miembros del Comité del Conteo Rápido. A las 6 de la tarde entrarían en la oficina donde recibirían la información de la votación de las 7 mil 636 casillas que conformaban la muestra del conteo rápido, y no podrían salir sino hasta después de las 10:30 de la noche, para entregarme los resultados. “Como ustedes saben, los cortes informativos de las encuestas sugieren que la elección viene muy cerrada”, comenté a los miembros del comité. “Eso significa que la responsabilidad que tienen es aún mayor de la que anticipábamos.” Todos se veían inquietos, pero serenos. Me dijeron que todo estaba listo. Eran cinco científicos con una amplia trayectoria en universidades y centros de investigación. Ninguno de ellos tenía vínculos ni intereses políticos. Todos despertaban una enorme confianza. Salieron de la sala de juntas. No los volvería a ver sino hasta después de las 10:30 de la noche.

 ***

 A las 8 de la noche, los medios de comunicación podían —de acuerdo a la ley— dar a conocer resultados de encuestas de salida. No obstante, todos ellos anunciaban que, debido a lo cerrado de la votación, no podían dar a conocer a un ganador. “Son las 8 de la noche —dijo Joaquín López-Dóriga en “el Canal de las Estrellas” de Televisa—. Hasta este momento, hasta este momento, los datos de los que dispone Consulta Mitofsky, le informo, no permiten proyectar una tendencia sobre un ganador en la contienda electoral para presidente de la República.” En TV Azteca, al mismo momento, Javier Alatorre anunciaba que las cifras de la encuestadora Mendoza, Blanco y Asociados, contratada por su televisora, no permitían distinguir al candidato ganador. Al mismo tiempo, El Universal publicaba en su página de internet que la empresa contratada para elaborar la encuesta de salida, Ipsos Bimsa, establecía que la diferencia entre el primero y el segundo lugares era tan pequeña que no podía determinarse quién había ganado.

Seis años antes, el 2 de julio de 2000, a esa misma hora todos los medios anunciaban que el candidato opositor, Vicente Fox, había triunfado por un margen de más de 6 puntos. Muchos lo supieron incluso horas antes. “En el IFE lo supimos desde las 2 de la tarde —me platicó el consejero Arturo Sánchez, quien en ese año fungía como director de Prerrogativas y Partidos Políticos—. La diferencia era tan amplia que desde esa hora las casas encuestadores daban como irreversible el triunfo de Fox.” Ahora, sin embargo, el anuncio de los medios y de las encuestadoras había sido: “No sabemos quién ganó”.

Minutos después comenzó a diluirse la tranquilidad previa a las 8 de la noche. Ana Cristina Covarrubias, encuestadora de AMLO, anunció a los medios de comunicación que, de acuerdo con su encuesta de salida, López Obrador iba 2.4 puntos arriba. Eso detonó la guerra de cifras. A los pocos minutos, la consultoría GEA-ISA anunciaba que su encuesta de salida le daba la ventaja a Felipe Calderón, con 3.6 puntos sobre Andrés Manuel López Obrador. La guerra había empezado.

A las 8:24, Mariano Palacios Alcocer, presidente del PRI, fue el primer dirigente partidista en emitir un posicionamiento. Yo estaba en mi oficina revisando el discurso que daría más tarde, y dejé la pluma en el escritorio para escucharlo. En la pantalla de televisión se veía a su lado al candidato presidencial Roberto Madrazo y al presidente del Partido Verde, Jorge Emilio González. Madrazo lucía una sonrisa forzada, que en ocasiones parecía más una mueca. Dijo Palacios: “Esta es la elección presidencial más cerrada en la historia de México. […] Tenemos información fidedigna que nos ubica con claridad en la posibilidad del éxito en la competencia federal”. La aseveración del presidente del PRI no coincidía con las encuestas de salida, que ubicaban a Madrazo en un distante tercer lugar, con alrededor de 23% de la votación nacional. “En este momento exhortamos al Instituto Federal Electoral para que evite dar resultados anticipados. […] El IFE debe ser sumamente responsable y cauteloso en sus expresiones. Debe cuidar que no por la prisa se ponga en peligro la estabilidad de la nación. […].”

A las 8:30 se reanudó la sesión del Consejo General. Duró pocos minutos. El secretario ejecutivo distribuyó un informe sobre los incidentes de la jornada. Pregunté si alguien quería hablar y nadie lo hizo. Todos estaban ya en otro lado. La guerra empezaba a surgir fuera de la herradura del Consejo General. Decreté un receso hasta las 11:45 de esa noche.

Poco antes de las 9, Jesús Ortega, coordinador de la campaña de AMLO, anunció en el hotel Marquis Reforma de la ciudad de México que “la mayoría de las encuestas de salida dan una ventaja a nuestro candidato a la presidencia de la República Andrés Manuel López Obrador”. Su tono de voz era pausado y su rostro lucía relajado. Dijo que “la jornada electoral se desarrolló con tranquilidad” y resaltó la alta participación ciudadana. No denunció incidente alguno y se refirió al IFE con respeto. “En apego al exhorto del presidente del Consejo General del IFE, nuestro candidato a la presidencia de la República dará a conocer un mensaje hasta después de las 11 de la noche.” Al final, invitó a la gente a sumarse al mitin del Zócalo, más tarde.

Minutos después, Manuel Espino, presidente del PAN, salió ante los medios: “Ya hay algunas casas encuestadoras […] que han dado a conocer cifras favorables a nuestro partido, a nuestro candidato. […] Las cosas van afortunadamente muy bien. Ya el presidente del IFE anunció que a las 8 comenzó el PREP [Programa de Resultados Electorales Preliminares] y apenas arrancó vamos adelante y así esperamos terminar”.

El PREP daba resultados casilla por casilla conforme fluían los datos de las casillas que terminaban de contar sus votos. Fue diseñado en los años noventa para dar transparencia a los resultados, que se publicaban a través de Internet a partir de las 8 de la noche; eran informativos y no constituían la fuente oficial para declarar ganador.

Con la guerra de cifras en marcha, llamé a Marco Mena, coordinador de asesores, y a Luis Espino, redactor de los discursos, para revisar el que debía pronunciar a las 11. El acuerdo del 22 de junio establecía con precisión las palabras que debía leer para dar el resultado del conteo rápido. Era un texto muy técnico y árido para un mensaje televisivo que verían millones de mexicanos. Incluía términos científicos propios de especialistas, no de un mensaje en cadena nacional. Mis asesores me habían sugerido que, si se daba el escenario que me impidiera anunciar un ganador, luego de leer el texto acordado debía explicar, con un lenguaje llano, por qué el conteo no podía distinguirlo y, sobre todo, llamar a la responsabilidad y la prudencia. Entre las 9 y las 10 de la noche, entre reunión y reunión, afinamos el discurso del escenario que en ese momento parecía más probable.

Mientras lo hacíamos, Alejandro Ríos Camarena, secretario particular, entró en la sala donde nos encontrábamos. Me dijo: “Felipe Calderón quiere hablar contigo”. Hice una exclamación silenciosa con los brazos, en tono de rechazo. Días antes, habíamos decidido que yo no tomaría ninguna llamada de candidatos presidenciales, para evitar ser parte de sus estrategias. Todas las reglas eran conocidas y estaban a la vista. El presidente del IFE no debía entrar en tratos personales con los jugadores que disputaban la presidencia. Si algún mensaje había, ahí estaban sus representantes ante el IFE.

—El doctor Ugalde no está tomando llamadas de ningún candidato —contestó de manera inmediata Ríos Camarena, al observar mi reacción. Del otro lado de la línea insistían en que Calderón quería hablar conmigo.

—Lo lamento —dijo Ríos Camarena—, es una decisión tomada hace días y no hablará con ningún candidato.

Desde las 4 de la tarde Felipe Calderón tenía la certeza de que había ganado la elección, y quería que el presidente del IFE lo anunciara. Según una entrevista que le hizo el periodista Jorge Fernández Meléndez meses después (Calderón presidente, México, Grijalbo, 2007), “a las 4 de la tarde ya teníamos cifras que nos daban una ventaja más o menos de un punto y medio y que se estaba consolidando con otros monitoreos. […] En ese momento supe que habíamos ganado”, narró Calderón tiempo después. El consejero Arturo Sánchez sostuvo conversaciones con miembros del equipo de campaña y me dijo lo mismo: esa noche, en el PAN, tenían la certeza de que habían ganado. Calderón, sin embargo, partía de un error. Efectivamente, iba ligeramente arriba en la mayoría de las encuestas de salida, pero la distancia que lo separaba de López Obrador era tan pequeña que el conteo rápido sería insuficiente para determinar, con plena certeza, que el candidato del PAN era el triunfador esa noche.

Pocos minutos después de las 9 de la noche, Felipe Solís y el senador César Camacho, representante y consejero legislativo del PRI, respectivamente, acudieron a mi oficina para expresarme la posición de su partido frente al conteo rápido: que era muy importante evitar dar cifras en caso de que la elección estuviera muy cerrada. Les respondí que eso lo decidiría el Comité Técnico, tal y como se había aprobado el 22 de junio: si la distancia entre el primero y el segundo lugares era mayor a 0.6%, el conteo rápido sería capaz de distinguir ganador y el IFE lo anunciaría. En caso contrario, el instituto acataría lo acordado con los partidos y no se daría ni ganador ni cifras.

A los pocos minutos, también me buscaron Germán Martínez, representante del PAN y el senador Jorge Zermeño, consejero legislativo. Me transmitieron la posición que Felipe Calderón había querido expresarme por teléfono minutos antes. Me dijeron que el IFE debía cumplir con el acuerdo del conteo rápido del 22 de junio y no aceptar ninguna presión externa. “Dar ganador es una decisión que está en manos de los cinco científicos del Comité Técnico. Si la diferencia lo permite, habrá un pronunciamiento de cifras y de ganador. De otra manera, habrá que esperar a los cómputos distritales del miércoles 5 de julio”, les dije a ambos. Esa noche era repetitivo, pero todos parecían desconocer el acuerdo que habíamos tomado días antes. Todos sospechaban de todos esa noche. El IFE se estaba convirtiendo también en sujeto de sospecha, aun antes de haber anunciado un solo resultado.

Alrededor de las 10 de la noche, Horacio Duarte, representante de la CPBT, acudió a mi oficina. La coalición también había validado los términos del conteo rápido. Había aceptado que, en caso de una elección muy cerrada, no se dieran cifras ni rangos de votación. “Horacio, cumpliremos con el acuerdo del conteo rápido.”

Aunque el comité me entregaría su recomendación en un sobre después de las 10:30, yo mantenía comunicación directa desde las 9 de la noche para supervisar que todo marchara en orden. De acuerdo con la ley electoral, el presidente del IFE era el responsable del conteo rápido, y yo tenía que procurar todo lo necesario para evitar imprevistos. Esa tarde se había instalado una línea directa entre el búnker de los científicos y mi escritorio. Con excepción de esa línea con mi oficina, y de otra con mi asesor Carlos Barros, los científicos estaban incomunicados del mundo exterior. El doctor Manuel Mendoza, miembro del comité de científicos, sería el único que contestaría ese teléfono o quien me llamaría para comunicarme alguna noticia.

Entre las 9 y las 10:15 de la noche hablé tres veces con el doctor Mendoza. En ellas me informó que la recepción de la información iba muy bien, pero que no había claridad del ganador. “Tenemos cada vez más información, pero no se detecta una tendencia estadística clara.” Me anticipó que lo más probable era que el conteo no permitiera anunciar ganador. En el último contacto telefónico, a las 10:15, reiteró: “Todo está igual, no se detecta tendencia clara, van empatados”. Me dijo que a pesar de que en uno de los modelos Felipe Calderón se había separado ligeramente en los últimos minutos, en los otros dos a veces iba uno arriba, a veces el otro, se estaban cruzando. El conteo rápido usaba tres modelos: el robusto, el clásico y el bayesiano. Los tres estimaban, con bases teóricas distintas, la tendencia de la votación. Usaban la misma información de las más de 7 mil casillas que se habían seleccionado, pero cada uno tenía una base científica propia.

Antes de colgar, el doctor Mendoza me dijo que, a pesar de que era imposible distinguir a un ganador entre López Obrador y Calderón, tenían certeza de que Roberto Madrazo estaba en tercer lugar y a una enorme distancia. Mientras que los dos primeros estaban empatados en rangos de 35%, Madrazo se ubicaba 13 puntos abajo, con aproximadamente 22%. Por lo tanto, el comité me sugería que se anunciaran las cifras de votación del candidato del PRI.

“Manuel, el acuerdo establece con mucha claridad que, en caso de una elección muy cerrada, no se darán rangos de votación de nadie, ni de quienes van a la cabeza ni de quienes van atrás. Si damos las cifras violaremos el acuerdo y eso no se puede”, le dije de manera inmediata. No podíamos cometer ese error. En lugar de dar certeza, abriríamos un frente de descalificación por parte del PRI.

A las 10:30 salí de mi oficina para ir al estudio de TV. Estaba lloviznando y se observaban guardias con impermeables amarillos sorteando la lluvia, y camiones transmisores de radio y televisión, gente atareada corriendo bajo la lluvia, de un lado a otro. Llegué a la sala de TV, donde ya me esperaba el comité de científicos. Me entregaron el sobre con sus conclusiones. Me explicaron que la elección estaba muy cerrada, y que aunque en uno de los tres modelos Felipe Calderón aparecía como ganador, en los otros dos el ganador no se distinguía. Me dijeron que lo prudente desde el punto de vista científico era anunciar el escenario B. Que no podían sugerir, ni como científicos ni como ciudadanos responsables, que se declarara ganador a Calderón. Escuché la explicación. Mi función en ese momento era acatar su recomendación, no cuestionarla. Eran las 10:40. El tiempo apremiaba. Les di las gracias. Ignacio Méndez y Alberto Alonso, miembros del comité, salieron de inmediato hacia la oficina del secretario ejecutivo para, en punto de las 11, entregar el informe a los integrantes del Consejo General, tal y como lo habíamos establecido en el protocolo de seguridad del conteo rápido.

A las 11 en punto entré al aire en cadena nacional de TV. Después de una introducción reconociendo la participación de los millones de votantes ese día, leí la recomendación del comité. Esa era la parte que había sido redactada con los partidos y que era demasiado técnica para el propósito de esa noche. Felipe Solís, representante del PRI, había sido muy meticuloso, y exigido un sinnúmero de cambios y precisiones. Yo pensaba que el rigor técnico y el lenguaje estadístico harían poco didáctico el contenido del mensaje. Decía así:

“Después de haber recibido y analizado un total de 7 mil 281 casillas, que representa el 95.12% de la muestra prevista para estimar los porcentajes de la votación emitida a favor de las diferentes fuerzas políticas y, tomando en cuenta que:

”uno, la fracción de la muestra disponible es suficiente para producir las estimaciones con los niveles de precisión y confianza mínimos;

”dos, se ha recibido información de 300 distritos, cuya distribución geográfica refleja las características nacionales;

”tres, se han estimado los porcentajes de votación emitida a favor de las diferentes fuerzas políticas;

”cuatro, los márgenes de error estadístico calculados no permiten distinguir claramente la fuerza política que haya obtenido el mayor porcentaje de votación emitida;

”el Comité Técnico Asesor ha informado que no es posible determinar, dentro de los márgenes científicos establecidos para el Conteo Rápido, al partido o coalición que haya obtenido el mayor porcentaje de la votación emitida.”

 

Cuando leía esos párrafos, supe que muchos mexicanos se quedarían confundidos. Lo que leía era difícil de entender para un auditorio que esperaba un resultado contundente. Era un texto que no correspondía al mensaje claro que los mexicanos esperaban del presidente del IFE esa noche.

Después de leer íntegra y puntualmente el texto acordado, exhorté a la responsabilidad.

“En nombre del Instituto Federal Electoral, exhorto a los partidos, a los candidatos, a los medios de comunicación, a los gobiernos federal y estatales, a los poderes de la Unión, a los organismos de la sociedad civil y a todos los mexicanos para que actuemos con toda la responsabilidad que México merece.”

Al final resumí el mensaje, intentando ser didáctico:

“En resumen, el Comité Técnico del Conteo Rápido informa que en estos momentos no es posible estimar con precisión la tendencia de la votación para presidente de la República.

”El margen de diferencia entre el primero y el segundo lugar es muy estrecho y no se puede anunciar a un ganador.

”Para conocer los resultados oficiales de la votación, el IFE realizará el conteo distrital de los votos. Este inicia el miércoles 5 de julio y se lleva a cabo de manera ininterrumpida.

”Cuando concluyan esos cómputos distritales, sabremos cuál fue el candidato que obtuvo más votos”.

 Al acabar mi mensaje, el presidente Fox entró en cadena nacional. Era un mensaje de apoyo institucional y de tranquilidad, pero su rostro mostraba cansancio y tensión. Días antes, yo le había sugerido a Carlos Abascal, secretario de Gobernación que, en caso de empate, la aparición en pantalla del presidente podría ser inoportuna. A mi juicio, la intervención de Fox durante las campañas lo invalidaba para dar un mensaje en cadena nacional, ya fuera que Calderón ganara o que no hubiera ganador, como ocurría en ese momento. Fox era percibido por muchos como parcial en la contienda. Pensaba, y así se lo expresé a Abascal días antes, que su aparición solo sería benéfica si ganaba López Obrador. Si eso pasaba, el país ganaría mucho si Fox lo reconocía en cadena nacional. De lo contrario, su mensaje no ayudaría. Fox se había invalidado como árbitro político imparcial, en un momento en que el país lo necesitaba.

El mensaje del presidente entró detrás del mío, sin siquiera una cortinilla que lo anunciara. Rubén Aguilar, vocero del presidente, me confió tiempo después que él había decidido que así fuera debido al temor de que una señal diferente se interpusiera —por ejemplo, la imagen de un candidato declarando su triunfo—. Tenía la memoria de 2000, cuando entre el mensaje de José Woldenberg, presidente del IFE, y el del presidente Ernesto Zedillo, había habido segundos de señales confusas.

—Si alguien más se metía al aire entre tu mensaje y el de Fox —me dijo Rubén en marzo de 2008—, podía causar mucha incertidumbre y un gran daño. Yo no podía correr ese riesgo.

Pero el enlace inmediato del mensaje presidencial generó sospechas, como lo había intuido días antes. Algunos dijeron que demostraba que Fox ya sabía los resultados de la elección y que eso reflejaba el contubernio entre el IFE y la presidencia de la República. Nadie sabía que el presidente había grabado cuatro mensajes alternativos para usar el que correspondiera, como lo narran Jorge Castañeda y Rubén Aguilar en su libro La diferencia. Nadie sabía tampoco, ni yo mismo, que en Los Pinos deseaban que yo diera ganador, y que ese presunto ganador se llamaba Felipe Calderón. Yo lo sabría minutos después. Y nadie recordaba que mi único papel esa noche había sido leer la conclusión del Comité del Conteo Rápido, tal y como habían pedido y acordado todos los contendientes. Como nadie sabía todo eso, la aparición de Fox fue dañina para la imagen de independencia del IFE y añadió un elemento más a la lluvia de sospechas que ya ensombrecía el ambiente político.

Hacia las 11:40, poco antes de entrar a la última sesión del Consejo General, hablé con el presidente de la República. La charla fue ríspida y desagradable.

—Señor presidente, como ya lo ha escuchado, la elección está tan cerrada que no pudimos anunciar quién ha ganado la elección para presidente de la República.

Esperaba una respuesta de apoyo institucional. No la hubo. Con tono seco y altivo me dijo que era una lástima que no hubiera anunciado ganador. Según él, todas las encuestas “serias” mostraban un ganador claro.

En las palabras y en el tono del presidente Fox intuí que pensaba que el IFE estaba omitiendo la información por algún motivo. Reviré de inmediato:

—Señor presidente, la encuesta más seria del país es la que hizo el IFE, no hay otra con tanta precisión. No haber dado a conocer a un ganador es resultado de una recomendación del Comité de Científicos del Conteo Rápido, no mía.

Rubén Aguilar, quien se encontraba en ese momento con el presidente, me explicó tiempo después que Fox pensaba que era un error del IFE no anunciar al ganador, a pesar de que la elección estuviera muy cerrada. Le dije a Rubén que esa noche estaba obligado a leer una recomendación, no tenía margen de decisión. Rubén asintió, pero me explicó que Fox pensaba que había sido un error optar, el 22 de junio, por no dar ganador en caso de una elección muy cerrada.

El secretario de Gobernación me había expresado algo semejante en una conversación telefónica que tuvimos antes de las 11 de la noche.

—Luis Carlos, es necesario que des números de quién va arriba en el conteo del IFE. Si no das cifras, se va a generar incertidumbre y eso traerá problemas al país.

Le recordé que yo no decidía esa noche, y que simplemente me guiaba por los términos del acuerdo aprobado el 22 de junio. No obstante, el secretario de Gobernación insistió:

—Señor presidente, es muy importante que el IFE dé cifras para evitar la incertidumbre.

Cuando le expliqué por segunda vez que me atendría a la recomendación del Comité, me dijo:

—Luis Carlos, es tu responsabilidad.

 La camioneta en la que me encontraba mientras hablaba con el presidente Fox ya había llegado a la entrada de la sala de sesiones del Consejo General. Eran quizá las 11:42 de la noche y la sesión tenía que reiniciar en tres minutos. Fox mantenía el tono altivo que yo ya conocía. Yo mantenía la calma. Me dijo que estaba colocando al país en una situación de ingobernabilidad por no haber dado ganador. En ese momento me enojé y exalté. ¡Cómo era posible que Fox le reclamara a la autoridad electoral y, con sus palabras, sugiriera como error no dar ganador! El IFE es una autoridad que da resultados si los hay y nuestra función no era anunciar triunfos “para que hubiera gobernabilidad”, sino dar resultados, aunque esos fueran que no había ganador todavía, con base en información dura. El IFE contribuía a la gobernabilidad del país al organizar una elección con legalidad y transparencia, pero no era nuestra función hacer cálculos sobre las consecuencias de dar a conocer la manera como habían sufragado los votantes. Yo estaba obligado a una objetividad inapelable: la de los datos del conteo rápido. La autoridad daría certeza al ceñirse a la recomendación del Comité del Conteo Rápido. Obviamente, me preocupaban los riesgos de gobernabilidad, pero esa noche no podía cambiar las reglas a fin de dar una certeza pasajera y ficticia.

Con su tono y actitud, Fox pretendía transferirme la culpa de la potencial ingobernabilidad del país. Olvidaba que sus declaraciones durante las campañas habían contribuido a construir un clima conflictivo. No recordaba que en febrero de 2006 le había explicado la importancia de mantenerse neutral frente a las campañas para que, en caso de una elección difícil, como la que estábamos viviendo, él pudiera ser parte de la solución y no del problema. Pero ahora me culpaba de gestar una crisis por no declarar ganador.

Molesto le dije:

—Mi función como presidente del Instituto Federal Electoral es respetar los acuerdos de su Consejo General y acatar la decisión del Comité del Conteo Rápido. El comité me informó que la elección está tan cerrada que es imposible saber quién ganó. Y así lo hice.

Colgamos de manera abrupta. Yo estaba bastante molesto. Supongo que él lo estaba más.

***

 Cuando estaba bajando de la camioneta para ingresar en la sala de sesiones del Consejo General, una vez concluida la conversación con el presidente Fox, Alejandro Ríos Camarena recibió en su teléfono una llamada de Elba Esther Gordillo.

—Habla Elba Esther Gordillo. Comuníqueme con Luis Carlos Ugalde —le dijo la lideresa magisterial.

—El doctor Ugalde no puede tomar la llamada, está a punto de entrar en la sesión del Consejo General.

—¡Cómo que no puede tomar la llamada! Usted no sabe quién soy.

Mientras caminábamos para ingresar en la sala de sesiones, observé a Alejandro contrariado. No sabía en ese momento con quién hablaba. Elba Esther le decía:

—Necesito hablar con él porque está poniendo al país en una situación muy grave. Necesito hablar con él antes de que inicie la sesión.

Ríos Camarena insistió:

—No puedo comunicárselo.

La doble negativa de Alejandro enfureció a “la maestra”. Ella había sido gestora de mi elección como presidente del IFE en 2003 y en el momento más crítico de mi gestión mi secretario particular le negaba el contacto conmigo. Lo insultó y le dijo que se arrepentía de haber votado por mí como presidente del IFE años antes.

—Ha sido el peor error de mi vida —dijo Elba Esther.

Alejandro cortó la llamada. Estábamos ingresando en el salón de sesiones del Consejo General. Eran las 11:45 de la noche.

Mientas entrábamos en el salón de sesiones sentí un ambiente tenso. Muy diferente al de la sesión de esa mañana. Sonó nuevamente el teléfono de Ríos Camarena.

—Necesito hablar con el consejero presidente.

Era nuevamente Elba Esther Gordillo.

—No puede tomar la llamada —reviró Ríos Camarena.

—Dígale que le faltó valor para decir quién ganó.

Cuando Ríos Camarena me narró la conversación, recordé que no había tenido contacto con Gordillo en más de un año. Acaso esa era la llamada en que “la maestra” intentaría cobrar la factura de su apoyo para ser presidente del IFE. Elba Esther buscaba presionarme para que esa noche anunciara que Calderón había ganado. Quizá muchos actores políticos le habían pedido que me presionara para ese fin. Si Elba Esther me había apoyado años antes para ser presidente del IFE, eso no le daba ningún derecho para interferir esa noche. Ni yo lo permitiría.

Tiempo después una persona que había presenciado la conversación de Elba Esther con mi secretario particular me narró que estaba furiosa. Quería que anunciara que Calderón había ganado. Al colgar conmigo habría dicho:

—Le faltaron huevos a Ugalde.

***

 Cuando, a las 11:45, me sentaba para iniciar la última sesión del Consejo General, habían ocurrido muchas declaraciones, públicas y privadas, que reflejaban los intereses de los actores de la contienda. El presidente Fox y Elba Esther Gordillo me habían reprochado no anunciar ganador. En la sede del PAN había malestar porque estaban seguros que Calderón había ganado y el IFE había omitido declararlo. Vendría entonces la ofensiva de López Obrador. A las 11:17 dio un mensaje y se declaró ganador en el hotel Marquis Reforma. Habían pasado apenas 10 minutos, 10 minutos, desde que yo había concluido el mensaje en el cual pedía prudencia, y AMLO ya declaraba que, de acuerdo con sus cifras, había ganado la presidencia y que estaba 500 mil votos arriba.

—Amigas, amigos, mexicanos —saludó López Obrador frente a periodistas nacionales y extranjeros en una sala del hotel donde se encontraba—. Escuché el mensaje del director del IFE [sic] y del ciudadano presidente de la República. Voy siempre a ser respetuoso de las instituciones y de manera particular de lo que en definitiva resuelva el instituto electoral. Sin embargo, quiero informar al pueblo de México que, de acuerdo a nuestros datos, ganamos la presidencia de la República. Tenemos información de conteos rápidos en donde estamos, cuando menos, 500 mil votos arriba.

Meses después supe que AMLO mentía, porque el conteo rápido que le entregó su encuestadora Ana Cristina Covarrubias, ponía a Calderón arriba por 1 punto, eso es 400 mil votos aproximadamente. López Obrador daba el resultado al revés de cómo en realidad era. Ella lo dijo en noviembre de 2006, en un seminario de encuestas organizado por el IFE. Era cierto que la propia Covarrubias había anunciado poco después de las 8 de la noche que AMLO iba arriba de Calderón, pero lo había aseverado con base en una encuesta de salida. Esa noche Covarrubias hizo también un conteo rápido, que es un ejercicio estadístico de mayor precisión, y en este, que según afirmó AMLO lo ponía 500 mil votos arriba, en realidad era Calderón quien superaba a su adversario por 1 punto porcentual. AMLO tuvo ese conteo rápido en sus manos. Se lo entregó personalmente la propia Covarrubias, como ella lo narró a Carlos Tello y está descrito en el libro 2 de julio. 

López Obrador prosiguió su mensaje desde el hotel Marquis:

—Dije durante la campaña que iba yo a respetar el resultado de la elección aunque fuese por un voto. Exijo, pido a las instituciones electorales, que respeten nuestros resultados. Voy al Zócalo a hablar con la gente, a informarles, yo creo que este resultado es irreversible, es decir, que triunfamos, que ganamos.

La autoproclamación de López Obrador detonó, como era obvio, la autoproclamación del candidato del PAN. Alrededor de las 11:25 Felipe Calderón apareció en el auditorio de la sede del PAN. Lo acompañaban Manuel Espino, presidente del partido, y Josefina Vázquez Mota, su coordinadora de campaña. Dijo que respetaba las indicaciones del IFE pero que, según los resultados de las diferentes casas encuestadoras, había ganado. Con sus declaraciones reforzaba la guerra de cifras iniciada por AMLO minutos antes. El exhorto que yo había hecho 25 minutos antes era desoído por los dos candidatos punteros. Dijo Calderón: “Hemos escuchado también el mensaje del doctor Luis Carlos Ugalde, consejero presidente del Instituto Federal Electoral, que ha señalado que a pesar de que tienen ya un conteo rápido, realizado por el propio instituto, prefieren omitir el resultado y no darlo a conocer a los ciudadanos”.

La percepción de que había preferido omitir el triunfo de Calderón permeó en la sede del PAN, y causó enojo. Algunos pensaron que la CPBT nos había presionado. Por eso hubo insultos a mi persona cuando concluí la lectura de mi mensaje de las 11 de la noche. “¡Qué falta de huevos del IFE!”, habría exclamado en la sede de Acción Nacional Arturo Sarukhán, entonces asesor en asuntos internacionales. “Estaban furiosos con Ugalde”, narra Jorge Fernández Menéndez en su libro Calderón presidente. También lo estaban en las oficinas del PAN en el IFE. Esa noche, cuando había concluido la última sesión del Consejo General, Leo Zuckermann se acercó a Germán Martínez, representante ante el instituto, para indagar su reacción ante los acontecimientos. Su respuesta fue: “Les temblaron las corvas”. Estaba muy enojado, me platicó Leo tiempo después. De tal forma que esa noche la teoría de la falta de huevos y de las corvas temblorosas me colocaba ante el equipo de Calderón como omiso y sospechoso.

No había mucha diferencia entre los discursos de López Obrador y Calderón. Ambos se declaraban ganadores. Ambos deslizaban sospechas al IFE. Quizá la única diferencia era que los datos de AMLO eran inventados, mientras que los de Calderón eran parcialmente ciertos: sí iba arriba en las encuestas y los conteos rápidos, pero dentro de los márgenes de error.

No había transcurrido ni siquiera una hora del anuncio de las 11 de la noche, pero la ruta del conflicto ya estaba trazada.

Poco después de la medianoche, Andrés Manuel López Obrador dirigió un segundo mensaje, ahora frente a sus seguidores y simpatizantes en el Zócalo de la ciudad de México, donde reiteró que había ganado las elecciones y agradeció el apoyo de la gente. “Vengo a decirles que de acuerdo a información que tenemos, hemos triunfado, hemos ganado la presidencia de la República. Tengo información de conteos rápidos, es decir, ya de resultados de casillas, una muestra muy representativa, que nos da, cuando menos, 500 mil votos, medio millón de votos de ventaja.” La gente en el Zócalo festejaba, de acuerdo con la crónica de La Jornada. “¡Se ve, se siente, Andrés es presidente!” “¡Sí se pudo, sí se pudo!” “¡Ya chingamos a Calderón!”.

***

 Tiempo después vi la película Fraude México 2006, del cineasta Luis Mandoki. Hay una escena muy reveladora que retrata la reacción de varios integrantes del equipo de campaña de López Obrador, justo cuando leía mi mensaje de las 11 de la noche. Cuando decía que no era posible anunciar a un candidato ganador, se escucha una expresión femenina, “¡Ay, no lo puedo creer!” Los miembros del equipo de AMLO estaban sentados alrededor de una mesa rectangular con mantel color guinda, seguramente en el hotel Marquis. La cámara de Mandoki retrata sus rostros de incredulidad y sospecha cuando yo hablaba en la televisión. Todos se veían atentos y consternados, genuinamente consternados, como quienes están a punto de festejar algo que creen es inevitable y súbitamente se detiene el tiempo.

Cuando decía en la pantalla de TV que, ante una elección tan cerrada, era preciso esperar a que concluyeran los cómputos de la elección presidencial para saber quién había ganado, alguien exclama: “¡Hasta el miércoles!” Gerardo Fernández Noroña, vocero del PRD, reacciona y dice: “Te van a rehacer las actas. Están jugando a Miami como con Bush. O sea, es la caída del sistema, hay que decirlo”. ¿Bush, Miami, caída del sistema? ¡Cuántas conclusiones en tan pocos segundos! En esa cinta también se observa la reacción de Yeidckol Polevnsky, ex candidata del PRD al gobierno del estado de México y en ese momento candidata a senadora por la misma entidad: “Esta es la garantía de que ganamos, porque si no estarían diciendo lo contrario. Quieren el espacio para construir su mentira”. Cuando vi esa escena me quedé atónito. Habían pasado pocos segundos, muy pocos segundos de mi anuncio, y el equipo de AMLO ya sacaba conclusiones. “Es la caída del sistema”, de acuerdo con Fernández Noroña. “Es la garantía de que vamos ganando”, decía Polevnsky.

Curiosamente, Martí Batres tuvo la misma reacción en el Zócalo. Cuando acababa de leer mi mensaje de las 11 de la noche, preguntó a la multitud: “¿Ustedes creen que si los resultados no favorecían a Andrés Manuel López Obrador no hubieran salido ya a decirlo?” Cuando leo esta acusación en forma de pregunta, me quedo igual de atónito que con la expresión de Polevnsky. Si no dimos resultados, es evidencia de fraude, porque se parte de la premisa de que el IFE quería que ganara Calderón. Y si el IFE hubiera anunciado que Calderón era el ganador esa noche, ¿lo hubieran aceptado? Quizá habrían clamado fraude con mayor enjundia. Quizá para el PRD y López Obrador la única demostración de que la elección hubiera sido limpia era que el IFE lo hubiera declarado ganador. Si él ganaba, no había fraude. Si otro ganaba, había fraude.

FUENTE: http://www.luiscarlosugalde.mx