En nada y en nadie

Federico Reyes Heroles

Cómo llegamos aquí, a una encrucijada en la cual una gran porción de los mexicanos no cree en nada ni en nadie. Nada incluye empleo, inversión, inflación, crecimiento, exportaciones, turismo, revolución energética, salud financiera, exportaciones automotrices, agropecuarias y muchas más, una larga lista de logros nacionales que se han llevado décadas. Pero quizá lo más grave es el nadie

Nadie comienza en la Presidencia como la cúspide más visible, rodeada de desprestigio, de falta de credibilidad. Desprestigio por descuido, por desdén, por falta de profesionalismo en la comunicación de los logros, que son muchos. Desprestigio por la defensa ofensiva de ciertos colaboradores, por una actitud de camarilla, por un tufo a ocultamiento que da margen a cualquier especulación: del fiscal carnal en adelante; por una torpeza brutal frente a la corrosión diaria y desde hace años en las redes sociales, por incapacidad para contraargumentar por la misma vía, por un consentimiento tácito a operaciones turbias, por una indefinición sospechosa frente a la corrupción.

Paradojas: la administración en que se gestó el Sistema Nacional Anticorrupción pasará a la historia en medio de la certeza y de la sospecha, una sombra enorme que hundirá esa contribución. Nadie, porque el eje central de la confianza se llama probidad, y Odebrecht en Pemex merecía otra respuesta que nunca llegó. Nadie, por la pandilla de gobernadores que hicieron de las suyas y porque resulta poco creíble que nadie haya registrado las triquiñuelas de uno solo de los célebres casos, tuvo que llegar a la oposición —que no es garantía— para desnudar a los pillos. Nadie, porque el desprestigio también es de todos los partidos y de los legisladores de todos los colores, nadie porque las anécdotas de bonos, fiestas, viajes, ausencias, despilfarros, actos de cinismo total como la compra de maquillaje y pintura para el pelo con dineros públicos sublevan, nadie porque sabemos que habrá más sorpresitas.

Esa es la historia que pareciera no tener fin, ni en el Ejecutivo federal ni en los locales ni en el Legislativo federal y los locales y ni en la mayor porción del Judicial, como ejemplo emblemático está el Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad de México, de donde manan rosarios de anécdotas de corruptelas de todos los tamaños y cuyo expresidente recibe el premio de una embajada. Nadie, porque son contadas las entidades (¿Yucatán?) en las cuales la ciudadanía tiene respeto por quienes están allí para garantizar la seguridad, de los niños, los adultos mayores y de los ancianos, de las mujeres que sufren vejaciones en su vida cotidiana, en el transporte público, en las calles, nadie, porque las policías siguen siendo la piedra de toque de la desconfianza, nadie, porque los ejemplos de los servidores probos —que los hay y muchos— se ahogan en el fango de la cotidianeidad.

¿Cómo llegamos aquí? Por la necedad principalmente del PRI y de la izquierda de rechazar una segunda vuelta, por su miedo y cálculo mezquino de permanencia en el poder, por su miopía que les impidió poner la estabilidad política de México como objetivo central. Llegamos aquí por la ostentación vulgar de ricos y no tanto, ostentación de los políticos y sus exorbitantes vinos que todo mundo supone pagados por el erario; si no están dispuestos a ese mínimo sacrificio, nunca debieron ser servidores. Ostentación de los muchos empresarios y su descendencia, ostentación a la que, en un país de libertades, sin duda tienen derecho, pero que resulta brutalmente insensible y queda plasmada semanalmente en periódicos y revistas. Pero también la ostentación de los prelados a los que se refirió el papa Francisco en su visita. Todo ocurre en un país en el que la pobreza se ha reducido y las clases medias se han ampliado, pero que viene de una historia de injusticia que provocó una Revolución, esa ostentación faraónica envenena diario el ambiente y pavimenta el camino a quienes quieren polarizar y tienen a su disposición un desfile de ejemplos insultantes que apuntalan el discurso de los ricos contra los pobres, del robo sistemático, de la explotación, discurso que entierra la movilidad social que es real y que también está en la vida diaria de decenas de millones.

Llegamos aquí porque un hombre sin escrúpulos o principios logró convencer a millones de que es una mejor opción, la tenía fácil y aprovechó astutamente el amplio filón con un simplismo en el cual la corrupción se acaba con el ejemplo y la voluntad; y la economía y el bienestar general serán cosecha fácil si reproducimos fórmulas mitificadas que sólo suenan bien. Y, claro, en tiempos de la posverdad, de las noticias falsas, de la decadencia de la lectura y la reflexión, tiempos de ira e indignación, de memes y bots, todo hizo sentido en el territorio de la incredulidad de todo y todos.

FUENTE: EXCÉLSIOR