Morena ante un escenario impensable

Jorge Fernández Menéndez

Razones

Con una elección presidencial aparentemente ya decidida (se ve casi imposible que Andrés Manuel López Obrador pueda ser alcanzado, aun en los números más bajos estimados en las encuestas), mucho de lo que se decida el primero de julio pasará por el Congreso, tanto el federal como los estatales, y por las gubernaturas.

Las estimaciones más conservadoras creen que a Morena no le alcanzará para tener mayoría propia en la Cámara de Diputados, aunque algunas encuestas sí le abren esa posibilidad, sobre todo, por la cláusula de gobernabilidad que le otorga la mayoría en la Cámara obteniendo un 42 por ciento de la votación para diputados.

Pero también es verdad (y ése es uno de los grandes errores del convenio de coalición que firmaron el PAN, PRD y MC, según los panistas que no apoyan a Ricardo Anaya), que muchos de los legisladores perredistas y de MC que lleguen por el Frente, pueden terminar apoyando más a Morena que a su propia coalición que, pasados los comicios y con un candidato tan cuestionado internamente como Ricardo, se romperá y no tendrá continuidad en el Congreso.

También es verdad, como escribió ayer Raymundo Riva Palacio, que el Verde está efectuando un corrimiento estratégico que, pasada la elección, lo dejará aliado con Morena, por lo menos, en su principal bastión, en Chiapas y, quizás, en muchos otros ámbitos. Allí el error de origen, lo que generó ese movimiento fue la operación del PRI que colocó a Roberto Albores como candidato en Chiapas, rompiendo en los hechos la alianza con el Verde y Nueva Alianza.

Hoy el Verde trabaja con Rutilio Escandón, candidato de Morena, y la única duda es el porcentaje que obtendrá ese candidato, muy por encima del 50 por ciento de los votos (seguramente su votación y la de Adán Augusto López Hernández, en Tabasco, donde también cada vez más Verdes se suman a Morena, serán las más altas de todo el país).

Ese escenario dejaría a Morena muy cerca de obtener una mayoría propia, sumados esos aliados circunstanciales en la Cámara de Diputados, lo que se podría replicar también, con mayores dificultades, en el Senado. Es verdad que Morena no gobernará de inicio muchos estados, aunque tendrá nada menos que la Ciudad de México, además de Chiapas, Tabasco y Morelos, vía el acuerdo con Cuauhtémoc Blanco y el Partido Encuentro Social (además, está en una situación muy competitiva en Puebla y Veracruz, menos en Guanajuato y Yucatán, y menos aún en Jalisco), pero lo cierto es que habrá elecciones para 28 congresos estatales y, con ello, podría obtener las 17 mayorías legislativas locales que son necesarias para aprobar cambios constitucionales.

En realidad, una de las mayores preocupaciones que tienen en el equipo más cercano a López Obrador es cómo operarán de darse estos resultados con un movimiento y una suma de posiciones que superan sus mayores expectativas, a lo que se sumará, como siempre ocurre, una suerte de cargada de quienes querrán subirse al barco morenista aunque éste ya haya zarpado.

Creo que la insistencia en la prudencia que exhiben López Obrador y sus principales operadores en las últimas semanas se relaciona directamente con esa nueva realidad para la que aún no están completamente preparados, sobre todo cuando luego de la elección vendrán cinco largos meses de transición.

Hay que insistir en un punto: por supuesto que puede haber sorpresas en ésta como en cualquier otra elección, pero modificar sustancialmente este escenario se antoja casi imposible.

Y si ese escenario se confirma el domingo primero estaremos ante una completa reconfiguración del sistema de partidos, pero también de los equilibrios políticos e institucionales en el país, mucho mayor de la que la mayoría preveíamos.

SEGURIDAD Y GOBERNACIÓN

Hizo muy bien, en esta etapa final de los comicios, el secretario de Gobernación Alfonso Navarrete Prida, en insistir en que quieran o no los candidatos a todos ellos esa dependencia les pondrá seguridad. Es mucho lo que está en juego. Que los propios candidatos hayan aceptado sin chistar la decisión demuestra lo acertado de la medida.

EL RACISMO COTIDIANO

El racismo antiinmigrante de Donald Trump no es un simple mal momento de la vida política de Estados Unidos. Es una enfermedad social que se extiende por varios países.

No es menor al de Trump el racismo antiinmigrante de la nueva coalición gobernante en Italia, cuyo ministro del interior, Mateo Salvini, califica a los migrantes que cruzan el Mediterráneo de “carne humana” desechable.

No es menor al que se vive en una Hungría que ya ha decretado cárcel para cualquiera que ayude a transitar o que proteja a un migrante indocumentado.

Esas fuerzas están creciendo en muchas partes del mundo, y quieren sociedades más cerradas en todos los sentidos: económico, social y político. Sociedades, por ende, menos democráticas y más intolerantes.

Un regreso a los años 30 del siglo pasado, con sus secuelas de crisis, nacionalismo, racismo y guerra. Lo que vivimos es un síntoma de una enfermedad mucho más grave.

FUENTE: EXCÉLSIOR