La soberanía del miedo

Juan E. Pardiñas

Más que dejar un gobierno, Enrique Peña Nieto heredará un incendio. México no es un Estado fracasado, pero dentro del territorio nacional hay regiones donde el crimen organizado desempeña las funciones del soberano. En Ciudad Mante, la extorsión y el cobro de piso determinan quién puede vender leche y quién no. En Guerrero, las amenazas de la delincuencia cerraron centros de distribución de las dos refresqueras más grandes del mundo. Entre enero y marzo de 2018, ocurrieron 852 robos de trenes en México.

“Esto parece una película del viejo oeste”, me dijo un diplomático extranjero. Los westerns ocurren en un territorio donde no hay Estado. Cada persona tiene que portar un revólver en la cintura para defenderse de un agresor potencial porque no hay autoridad que los proteja. El sheriff del pueblo es una fuerza débil, que apenas se puede defender de forajidos, apaches y demás amenazas de la época. La muerte violenta es un destino probable para una parte del elenco cinematográfico. En el viejo oeste, la gente vive con miedo ante la ausencia del Estado, en México muchas personas comparten el mismo sentimiento ante las postales del desgobierno.

Con el homicidio cotidiano de policías, autoridades municipales y candidatos, el estado criminal impone su autoridad sobre las estructuras tradicionales del poder. Estos asesinatos se han vuelto tan “normales” que en el tercer debate presidencial hubo más mensajes de aliento a la Selección Mexicana de futbol que muestras de pésame y solidaridad para las familias de más de 100 candidatos y candidatas asesinados en 2018. Al escuchar a los candidatos presidenciales, pareciera que las campañas ocurren en una República donde no hay lugar para el miedo.

La tesis doctoral de Viridiana Ríos demuestra que la violencia y las organizaciones criminales crecen y prosperan en regiones donde los tres niveles de gobierno no tienen instrumentos de coordinación porque pertenecen a partidos políticos distintos. Las diferencias políticas entre el Presidente, los gobernadores y ayuntamientos generan falta de cooperación en el área más sensible que puede manejar un gobierno.

El PRI enfrenta el momento más crítico de su historia. En las elecciones presidenciales del 2000 y 2006, la derrota electoral no fue sinónimo de defunción porque no había otro partido que ocupara su espacio y su narrativa dentro del espectro político. Morena, una agrupación que nació apenas hace cuatro años, aparece hoy como la primera fuerza política del país. El próximo 1o. de julio estarán en juego, además de la Presidencia de la República, nueve gubernaturas y más de 1,500 ayuntamientos. Nunca antes en una jornada electoral se había decidido el futuro de tantos cargos ejecutivos, que tienen facultad de mando sobre fuerzas policiales. Bienvenida la alternancia de partidos, pero cada uno de estos cambios políticos deja márgenes de riesgo para que las diferencias políticas se reflejen en problemas de descoordinación. Si las premisas de la doctora Ríos permanecen vigentes, México está al borde de alzas insospechadas en la violencia y la inseguridad.

El nuevo gobierno deberá presentar una especie de Plan Marshall para arrebatarle al crimen su soberanía sobre los territorios y las vidas de millones de mexicanos. El Plan Marshall permitió reconstruir las instituciones y las economías de Europa después de la Segunda Guerra Mundial. Se requiere mucho más que dinero para salvar a México, pero sin recursos bien gastados en crecer, fortalecer y dignificar a las fuerzas policiales, no habrá ningún cambio en la trayectoria. La Policía Federal debería duplicar su tamaño en los próximos seis años. Antes que ofrecer subsidios absurdos a las gasolinas o suponer que los sicarios se pacificarán con becas, la pregunta clave para el próximo gobierno es ¿qué van a hacer para que los mexicanos tengamos menos miedo?

@jepardinas

FUENTE: REFORMA